15/5/06

La reseña de Epileptic o El ladrillo cerebral

RESEÑA

Epileptic.
David B.
Panteón
2005.

Por estos días he estado dedicado a la lectura porque la primavera llegó con su buena dosis de lluvia. Mientras las calles de Wooster se limpian por primera vez en mucho tiempo, yo me enfrenté a una novela gráfica que me estaba haciendo fieros desde hace rato: Epileptic de David B. Quedé feliz. Es una novela espectacular que lo envuelve a uno en la vida de la familia B. y su lucha - y eventual renuncia- contra la epilepsia del mayor de sus tres hijos. Claro que debo aceptar que también me dejó cansado porque como acá en la tierra del Tío Sam les gusta eso de las ediciones absolutas entonces juntaron en un volumen de trescientas y pucho de páginas todos los episodios de la historia. Además, no hay "descansos" claros en la narración y la edición no los indica en ningún momento haciendo que la lectura sea muy densa, sobre todo si tenemos en cuenta que el tema de la novela por sí solo es bastante fuerte.

Si hubieran seguido con la colección de varios tomos que se había planteado inicialmente la cosa sería mucho más apropiada para un lector que termina recibiendo demasiada información de alto contenido emocional pero que no alcanza a descubrir el sentido de cada episodio porque inmediatamente empieza el otro. Uno termina sintiéndose como una de esas familias que compran uno de esos planes de Europa en 20 días y que llegan a la casa llenos de deudas y sin saber a ciencia cierta qué vieron (como vemos en la foto). Me imagino que Fantagraphics se dio cuenta que al final nadie iba a seguir una serie poco dada a la redención. Porque eso sí, Drake Cómics recomienda esta obra pero advierte que aquí no vinimos a pasarla rico.

El título describe bastante bien de qué se trata la historia: es la vida de una familia que debe convivir con la epilepsia del hijo mayor, Jean- Christophe. Gracias a que, en su mayoría, se desarrolla en los años sesenta y setenta los caminos que elige la familia B. son bastante místicos y las soluciones que intentan van desde ser macrobióticos hasta inscribirse a los rosacruces. Yo no sé a ustedes pero mi mamá siempre me decía que ella haría cualquier cosa por que estuviera bien y, aunque siempre fuimos una casa laica, me imagino que si sanarme hubiera implicado creer en el ídolo de turno, ella lo habría hecho. Sin embargo, no hay quien aguante tanta carreta y con el tiempo los tres niños y sus padres empiezan a cansarse de las doctrinas y empieza el proceso de asimilación real de la enfermedad. Mientras tanto, el hijo del medio, que nos ha estado contando la historia termina convertido en el artífice de la narración. De hecho, si fuéramos a ser bien simplistas diríamos que esta es una novelota de autoformación.

Una de las cosas que más me llamó la atención de Epileptic es que, a pesar de ser una historia alternativa, no es experimental en un sentido estricto. Yo esperaba una fritera de marca mayor llena de juegos formales al mejor estilo de un Chris Ware pero me encontré con un artista que no mezcla la mantequilla con la mermelada. En otras palabras, David B. no plantea una historia en la que rompe con las convenciones de lectura de la historieta, por el contrario me pareció bastante claro en ese sentido -ojo, que no tradicional-. Creo que en esa diferenciación se nota el hecho de que David B. es francés y que por más de que se siente muy presente la influencia de gringos como Spiegelman, su estilo narrativo, e incluso su concepción de lo que debe ser una historieta es muy europea.

Tanto el aspecto verbal como gráfico en Epileptic están muy bien delineados y cada uno hace lo que tiene que hacer. Alan Moore decía que en el cómic se usan los dos lados del cerebro, y en David B. está contraposición está muy bien establecida y trabajada. Así, nos encontramos con un narrador textual muy claro y tradicional que nos va contando la vida de la familia B. desde los ojos del joven autor, que por esos días se llama Pierra-Francois. Por su parte, la imagen que acompaña y expone lo que dicen los recuadros empieza lentamente a establecer una serie de metáforas visuales que terminan convirtiéndose en el verdadero hilo conductor de la historia. Cuando el narrador razonable, serio y consistente no sabe qué decir, cuando el dolor, la frustración y la rabia exceden las posibilidades de la expresión verbal, aparecen las imágenes para hacernos compartir con el autor una vivencia que está por encima del cinismo y de la compasión. Sin duda, esta no es una novela realista pero la forma como se desenvuelve narrativamente se parece peligrosamente al cerebro por eso logra contar una historia con tanta honestidad.

Los ataques de epilepsia de Jean-Christophe (representados por una serpiente), el fantasma del abuelo muerto (que es la figura de pájaro cuyo pico está sobre los dos niños en la portada), las batallas que obsesionan a David, los cientos de gurús a los que recurre la familia desesperada y, en realidad, todos los elementos fundamentales de la novela gráficas sólo se pueden asociar en la imagen, en la disposición de la página dibujada. Sin una narración verbal tan clara no habría podido ser establecidos, pero es a través de recursos meramente gráficos que se "resuelve".


Me pareció interesante el hecho de que en la mitad de la historia, Jean-Francois decide llamarse David B. porque siente que ha superado una fase de su vida. Yo que he pasado de ser Luciano a Pablo a Lucho en los últimos 27 años tengo que decir que eso me descrestó. En otras palabras, ¡Jimmy Conekshion!

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